El Latido de Nike en Efeso

©2014 | Néstor Jorge Giuliodoro Molinaro

 

El año que termina me regaló la oportunidad de experimentar, verificar y emplear todos los conceptos que aprendí en un curso online de la UCLA al que me apunté durante el último trimestre del 2013 y que profundizaba sobre el concepto de flujo emocional desde los puntos de vista neurocientífico y psicológico, algo que actualmente resulta esencial para comprender los mecanismos que se involucran en la felicidad, la motivación intrínseca y la satisfacción vital.

emotional_flow_by_tsukiko_kiyomidzu
Emotional FLow | Tsukiko Kiyomidzu

Un estado de flujo en el que las personas se hallan tan involucradas en la actividad que realizan que nada más parece importarles ya que la experiencia por sí misma es tan placentera que incluso podrían realizarla por el puro motivo de hacerla.

Hace dos mil trescientos años, este estado fue definido con la denominación de Yu por el erudito taoísta Chuang Tzu que lo consideraba como la “manera correcta de fluir para seguir el camino o Tao.”

Actualmente, y corroborado por todos los datos obtenidos en investigaciones iniciadas en la Universidad de Chicago y profundizados por investigadores de otras universidades en diversos países, se define a la persona autotélica como aquella que posee la capacidad para crear experiencias de flujo, incluso en los ambientes más estériles (como un lugar de trabajo o un entorno difíciles), expresando una actitud optimista y sintiendo que lo que hace le otorga un sentido a su vida.

En definitiva, la calidad de la experiencia vital de la persona autotélica, que es capaz de transformar y jugar con las oportunidades que tiene a la mano, aun cuando el medio sea desfavorable, está claramente más desarrollada y es también más agradable que la calidad de vida de aquellas personas que renuncian a ser ellas mismas para vivir dentro de las limitaciones de una realidad estéril que sienten que no pueden modificar ni alterar. En todos los estudios realizados en estas últimas dos décadas, se comprobaron estas tres características comunes a todas las personas autotélicas capaces de desarrollar estados de flujo: autoconfianza y empoderamiento adecuados, concentración en el aquí y el ahora (enfocarse exclusivamente en la tarea que lleva a cabo) y capacidad para encontrar soluciones creativas e innovadoras (capacidad para salir de la zona de confort).

¿Qué es lo que hace que unas personas disfruten y encuentren oportunidades para desarrollar actividades o realizar cosas que llenan su vida de sentido, independientemente del medio en el que se encuentren, mientras que otras consumen su tiempo en aburrirse, lamentarse o criticar, aunque se encuentren en medios favorables y llenos de oportunidades?

En parte, la personalidad autotélica es un regalo de la herencia biológica y la educación durante la niñez. Algunas personas nacen con una dotación neurológica más enfocada y sensible, o tienen la fortuna de haber contado con unos padres y unos docentes que han generado un entorno que favorece la capacidad de fluir emocionalmente. Por supuesto que estos factores son muy importantes, sin embargo, debemos tener presente que el autotelismo es una capacidad que es posible cultivar, una habilidad que podemos perfeccionar mediante el entrenamiento. Y aunque no es fácil transformar nuestra experiencia diaria en flujo, casi todos podemos mejorar nuestras capacidades de hacerlo.

Para terminar esta entrada, una foto y un cuento. La foto es de la estatua de Nike, la diosa griega de la Victoria, en el maravilloso Éfeso que disfrutamos en Turquía, para que el latido de esta piedra aliente vuestro triunfo en cada uno de los días de vuestra vida.

nike en efeso

Os copio un cuento milenario de la tradición oriental que es muy útil para comprender el autotelismo y establecer un paralelismo entre el flujo emocional y el estado de iluminación.

Un hombre de avanzada edad llamó a la puerta de un monasterio. Aunque era analfabeto e ignorante, tenía  el deseo de perfeccionar su interior, por lo que solicitó al abad que le aceptasen como novicio. El abad planteó a los monjes que a pesar de que el anciano tenía una gran motivación, sería incapaz de leer los sermones de Buda, recitar mantras o seguir los pasos del ritual de las ceremonias sagradas, por lo que no podría realizar ningún tipo de estudios, no entendería la esencia de los métodos para meditar y ni siquiera comprendería el sentido de los rituales. Sin embargo, y por piedad, permitieron que el anciano permaneciera en el monasterio, le entregaron una escoba y le asignaron la tarea de mantener limpio el jardín, aunque más no fuese para mantenerle ocupado y que no se sintiera humillado. Transcurrieron meses y años en los que el anciano se aplicó con minuciosidad y esmero a su sencilla tarea. Poco a poco, los monjes comenzaron a percibir cambios en su actitud ya que se le veía contento y sosegado, proyectando un optimismo y una serenidad que contagiaba a los demás.

Los monjes se dieron cuenta que era evidente que el anciano había conseguido una notable evolución espiritual ya que siempre era afectuoso, nunca se exaltaba y sus palabras eran ecuánimes. Intrigados, los monjes preguntaron al anciano cuáles habían sido las prácticas o métodos especiales que había realizado para conseguir este estado de iluminación.

El anciano, analfabeto e ignorante, les respondió que no había tenido tiempo ni conocimientos para realizar nada especial ni practicar ningún rito ya que sólo se había dedicado, día tras día, y de manera exclusiva, a limpiar el jardín. Simplemente, había estado pendiente de su tarea y cada vez que barría las hojas y limpiaba el jardín, pensaba que estaba limpiando su corazón y su espíritu. Y de esta manera, con el transcurso del tiempo, se había sentido más lúcido, sosegado y optimista.

Anuncios

El Mosaico de nuestras Vidas

©2014. Néstor Jorge Giuliodoro Molinaro

Componemos el mosaico de nuestras vidas colocando cada tesela con la intención de darle un sentido.

tarraco medusa
Mosaico de la Medusa | Museo Arqueológico de Tarragona

En el libro que estoy escribiendo desde el año pasado, la sección del Latido de las Piedras es la excusa a la que recurre mi mente, con cierta frecuencia, para no relatar en línea recta -relacionando acontecimientos específicos del presente con otros que sucedieron en el pasado- y así no caer en el infortunio de decir o escribir las mismas cosas como un mantra que se repite una y otra vez con la necesidad de comprender lo que haya sucedido.

¿Cómo explica cualquiera de nosotros por qué está donde está? ¿Es rigurosa la explicación? ¿Tiene sentido? ¿Qué mapas consultamos para desandar nuestros pasos: el de las improntas genéticas o el del universo de las emociones? ¿Son excluyentes?  ¿Cómo y para qué debemos reconstruir nuestra ruta? ¿A quién le interesa?

Por el contrario, y sin otorgar la menor importancia a la línea del tiempo, prefiero que estas historias se hilvanen, punto a punto, a partir del secreto que encierra una piedra, la calma profunda que regalan algunos lugares ni bien llegas, el retazo de sabiduría que se esconde en un texto, los contrapuntos que te embrujan con su melodía, la voluptuosidad que desata un aroma hasta fijarlo en tu corazón o  la explosión de las formas y colores que late en una escultura o una pintura. En definitiva, el magnífico recurso de la emoción que te muestra el sendero hacia la admiración, un lujo que no podemos comprar ni pedir y que sólo se otorga para enriquecernos infinitamente.

Nuestra vida es una obra de arte, siempre en desarrollo y potencialmente modificable. No podemos limitarnos a observarla con el ojo tiránico de la cámara que busca congelar el momento y conservarlo como un ejemplo de algo. Siempre me da pena escuchar a aquellos que, con un dejo de soberbia, citan a la pureza y al dogmatismo como virtudes. La Biología nos da suficientes ejemplos, adaptados a todos los públicos, para comprender que nada que tenga vida es puro ya que serlo implica ser impermeable a la mezcla y al cambio. Y estas cualidades, la mezcla y el cambio, son los mejores aliados de nuestro destino y nuestra única esperanza como seres vivos. Como muestra del cambio, contenidos en la misma envoltura, están todos los cuerpos que tuvimos y tenemos en nuestra vida ya que ninguno de ellos se pierde, reviviendo los fotogramas de sus historias con un ritmo cambiante, a veces con insistencia y otras veces aletargados durante largos periodos, aunque no dormidos.

No hay un único modo correcto de hacerlo todo, por lo que es bueno renunciar a términos como pecado y castigo. La culpa es un lugar incómodo para instalarnos y repetirnos sin descanso “esto sucedió debido a aquello, podría haberse evitado”. En un mundo donde el sufrimiento es la norma, poco importa que dramaticemos nuestro propio padecer. Es más pragmático reparar los errores y recuperar fuerzas para seguir andando.

Tampoco es bueno atarnos a una recompensa eterna para soportar la felicidad barata del presente en espera del oro por venir. Fluir con las emociones y engrandecer todo aquello en lo que nos reflejamos es una receta sensata para sentir nuestra vida resplandeciente y completa. Dos buenas razones por las que merece la pena vivir.

El Mosaico de lo que fuimos

©2015 | Néstor Jorge Giuliodoro Molinaro

Siempre me abandono para que el tiempo fluya gota a gota cuando me quedo observando mosaicos o frescos en yacimientos o museos. Y no es sólo por el valor artístico, que en algunos casos es inagotable, ni por el placer de encontrar la mejor composición para fotografiarlos, sino por su importancia como testigos de tiempos lejanos. Mosaicos y frescos que relucieron con el esplendor del ascenso de tantas civilizaciones y se cubrieron con el fango y la sangre, como es inevitable, durante sus respectivas caídas.

Obras de arte milenarias que se nos aparecen como fragmentos del retrato incompleto de un pasado perdido, pero que nos resultan imprescindibles para reconstruir el resto.

zeugma

Cada vez que miro este magnífico mosaico milenario de Zeugma (Turquía) pienso que algo similar nos ocurre con nuestros padres, cuando nos faltan, ya que nos apañamos con un puñado de frases o anécdotas, más cercanas o remotas, para bocetar ese retrato incompleto con el que nos hacemos una idea de cómo eran y lo que significaron para nosotros. Una obra de arte exquisita que se nutre de momentos compartidos, aunque algunos de ellos parezcan triviales, pero que resisten el paso del tiempo para quedar grabados en nuestra memoria.

Sabiendo que nuestra influencia es tan importante para nuestros hijos, ¿existen evidencias que demuestren cuál es la mejor manera para relacionarnos con ellos? ¿Cuál es la que tiene efectos más beneficiosos y duraderos en el tipo de personas que desarrollarán y llegarán a ser?

A finales de los años ochenta, en la Universidad de Chicago, Kevin Rathunde observó que los adolescentes que tenían ciertos tipos de relación con sus padres eran significativamente más felices, estaban más satisfechos y se sentían más seguros en las situaciones cambiantes de la vida que sus compañeros que no tenían esa relación. En estos casos, los contextos familiares tenían estas características:

  • Claridad de metas y concentración en el presente: los niños sienten que saben lo que sus padres esperan de ellos ya que las metas y la retroalimentación familiar son claras y no son ambiguas. Además, perciben que sus padres están interesados en lo que hacen en el presente, en sus sentimientos y experiencias concretas, en lugar de preocuparse de si irán a una buena universidad o si lograrán algún empleo bien remunerado en el futuro.
  • Elección: los niños sienten que tienen una variedad de posibilidades para escoger, incluyendo la de quebrar las reglas paternales, mientras estén dispuestos a enfrentarse a las consecuencias.
  • Compromiso: los padres fomentan la motivación intrínseca de los niños, alentándoles a desarrollar una confianza equilibrada que les permita sentirse lo suficientemente cómodos para implicarse en aquellas cosas o actividades en las que se interesen.
  • Desafío: es el resultado de la dedicación de los padres que ofrecen a sus hijos oportunidades cada vez más complejas para la acción.

 

La presencia de estas cuatro condiciones genera un ambiente que ofrece una formación ideal para disfrutar de la vida ya que en este entorno los niños no malgastan su energía psíquica porque saben lo que pueden hacer y lo que no, no tienen que estar discutiendo constantemente sobre cuáles son las reglas y los controles, no están preocupados por las expectativas de sus padres acerca de su futuro éxito siempre pendiendo sobre sus cabezas y son libres para desarrollar sus intereses en actividades que expandirán sus personalidades. Por el contrario, en hogares no tan bien organizados o caóticos, los niños pierden gran parte de su energía psíquica en constantes discusiones y negociaciones y en los intentos para proteger sus frágiles personalidades para no sentirse abrumados por las metas de otras personas.

Como padres, debemos ser conscientes de que una gran parte de todo cuanto compartimos con nuestros hijos puede convertirse en alguna de las teselas o las pinceladas con las que confeccionarán el mosaico o el fresco del que fuimos mientras excavan en el yacimiento de sus memorias. Un retrato que será más valioso si somos capaces de emplear todos los momentos que pasamos juntos como una oportunidad para fluir y disfrutar de la vida con pasión, comunicándonos sinceramente, con la certeza que nuestros hijos pueden ayudarnos a convertirnos en una versión mejor y más auténtica de nosotros mismos.

Lectura recomendada: Rathunde, K: Optimal experience and the family context. En Csikszentmihalyi, M. y Csikszentmihalyi, I.S. (editores): Optimal Experience: Psychological Studies of flow in consciousness (pp. 342-363). New York, Cambridge University Press. 1988.

El Eco de Heráclito

©2014 | Néstor Jorge Giuliodoro Molinaro

Viajamos en busca del eco de las palabras de Heráclito; desde Alicante a Estambul y Esmirna por aire y luego por carretera hasta Éfeso, uno de nuestros destinos soñados en Turquía.

nike efeso

El plan era sumergirnos en la belleza del lugar para percibir los ecos de las palabras de Heráclito y de otros filósofos pertenecientes a la Escuela jónica de Éfeso durante los siglos VI y V antes de nuestra era. Y para ello, elegimos a la biblioteca de Celso que fue construida hace casi dos mil años para almacenar la sabiduría en sus rollos y además servir como tumba para Tiberio Julio Celso. Un edificio monumental de planta única, orientado hacia el este, para beneficiar a los madrugadores como había establecido Vitrubio.

Heráclito consideraba al fuego como el principio del Universo, con un mundo que fluye de forma permanente, en el que todo está en constante movimiento (Panta rei o tesis del flujo universal de los seres) y lleva a un extremo la doctrina jónica de los opuestos, considerando que la contradicción y la discordia están en el origen de todas las cosas y que es la contradicción la que finalmente genera armonía bajo una ley única que rige el universo, que todo lo unifica y orienta, y que se halla presente en las cosas y en la mente del hombre. Todo este fluir está regido por esta ley a la que denomina Logos y que no sólo rige el devenir del mundo, sino que le brinda señales o signos al hombre que no sólo debe percibir con sus sentidos sino también con su inteligencia, alimentando siempre una actitud crítica e indagadora.

Apasionados en la búsqueda de los encuadres y contrapuntos que reflejaran fielmente la belleza incomparable del lugar, nos vino a la mente un relato tradicional de la sabiduría oriental, frente a la biblioteca y las puertas que los esclavos Mazeo y Mitriades construyeron en honor del Emperador Augusto.

Era un día de sol abrasador. Un monje pasó junto a una enorme obra en construcción. Allí todos estaban deslomándose y sudando, transportando piedras de un lado para otro. Se acercó a uno de los hombres y preguntó lo que estaba haciendo. El hombre, de malos modos le respondió: -¿Es que no lo ves? Me estoy partiendo la espalda a base de mover piedras. Así que el monje se alejó y fue a hacerle la misma pregunta a otro trabajador. Éste tenía una actitud diferente al anterior; miró las piedras que llevaba en sus manos y le dijo: -Estoy levantando un muro. Luego, el monje fue a preguntar a un tercer hombre, uno que tenía el gesto amable. Éste  dejó en el suelo las piedras que llevaba, alzó la vista, se secó el sudor de la frente y con el mayor orgullo le respondió: -¿Qué qué estoy haciendo? Estoy construyendo un templo.

El relato nos recuerda la importancia de la actitud con la que enfrentamos la vida. Mientras que el primer hombre sólo ve a su trabajo como un castigo que le impone su vida, el segundo se limita a ser útil, con una actitud que se mantiene a la altura de su oficio. Por el contrario el tercer hombre es el que sabe que todas esas piedras y cada gota de sudor, se van a convertir en un templo. Sabe que cada uno de sus movimientos es valioso y su papel no se limita a ser útil sino que enlaza con su sueño de estar construyendo un templo, lo que hace de él un individuo fuera de lo común.

Justo cuando se agota la tarde, es el eco de Éfeso el que nos inunda con las palabras que pronunció Heráclito en el siglo V antes de nuestra era…

En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos. El Alma se tiñe del color de nuestros pensamientos y somos nosotros mismos los que elegimos el contenido de nuestro carácter. Día a día, lo que pensamos, lo que elegimos y lo que hacemos, es en lo que nos convertiremos. Nuestra integridad es nuestro destino, es la luz que guía nuestro camino. 

Es entonces cuando comprendimos que habíamos encontrado lo que estábamos buscando. Námaste.